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Subida a la red el 05 de enero de 2004
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LOS SIETE SONETOS DE BELVER
I
A la orilla de un río soberano,
en un valle verdoso y floreciente;
existe un pueblo hermoso con su gente
de estirpe castellana; zamorano.
Aromas de tomillo, alfalfa y prado
lo envuelven y acarician dulcemente.
Y el murmullo del río y su corriente
me embriagan y me dejan extasiado.
Absorto en placentero sortilegio;
el eco de una musa sugerente
me abrasa y me arrebata el pensamiento.
Me canta en el oído tiernamente,
me enciende y me susurra con el viento
los versos que florecen en mi mente.
II
A Belver de los Montes me refiero.
Poblado de alamedas que el Sequillo
perfuma, bendice y les da brillo;
haciendo un paraíso de este suelo.
El viento por el valle va diciendo:
aquí me quedaría yo tranquilo,
a la sombra del chopo y del molino
bebiéndome el rocío del almendro.
La luna enamorada y retrechera,
pintando va entre nubes de aguacero
de formas y embelecos la ribera.
Y en el alba, el rubicundo Febo,
Celoso de rubores la requiebra
Diciendo que también es Belmonteño.
III
Es Belver un canto a la hermosura,
de ondulados valles pedregosos,
alcázar de perdices y raposos,
que habitan a sus anchas la espesura
del monte, del alcor o la llanura,
encendidos los cerros de Torozos,
rompen los silencios, alborozos
del campo y de la espiga que madura.
Se viste de blancuras la pradera,
que al alba impregnada de rocío
comienza ya a sentir la primavera.
El lirio acrisolado siente el brío,
y el álamo inconsciente se cimbrea
se viste y se enamora junto al río.
IV
El sueño de tus gentes te imprimieron,
historias leyendas y avatares.
Poco menos, Belver, que en sus atares
tus gentes amorosas te pusieron.
Las piedras y los siglos concurrieron.
Castillo y monasterio son lugares,
que llevan en el alma sus seglares
que siempre de leyendas presumieron.
El agua de la fuente del Barrero.
Un molino de viento en la colina.
Y el encanto que hechiza al forastero.
La sombra del almendro y de la encina
entre higueras zarzales y romero.
Los huertos y las viñas; ambrosía.
V
Me cuentan las piedras de estos lares,
y en la escuela el maestro lo contaba;
que el Cid alguna vez atravesaba
por trochas de Belver a otros lugares.
Y que un día que llovía a mares,
con vientos y furia desatada;
esperó en la dehesa a que pasara
la tormenta, al abrigo en los corrales.
El Cid en un caballo su mirada,
puso al ver que, a viento y a granizo
su cara y arrogancia le prestaba.
Babieca lo llamó, y pensando dijo:
¡Que buen caballo para mi mesnada!
Daré cuenta por el preciso.
VI
Por el viento y la lluvia desgastada,
se asienta una muralla ya entre pinos;
cercando laberintos ya extinguidos
por búhos y cigüeñas habitada.
Llamamos “el Castillo” donde estaba
lo que es leyenda sólo en pergaminos,
recuerdos aireados o escondidos
en la dulce quietud de la mirada.
De tiempos ya remotos un icono,
que mira el lugareño acostumbrado,
soñando que no es nada y que fue todo.
Altivo torreón de cal y canto,
que muestras entre e dolor de su abandono
historias y leyendas, mientras tanto.
VII
Belver en su alargada silueta;
se esparce entre los montes de Taraza.
Y el sol que lo bendice y que lo abrasa
Contempla desde el cielo su belleza.
Aquí el agricultor sabio y poeta,
a pie de tradición platica y ara.
Sueña que es Europa y se prepara
a dar a Dios o al César su moneda.
Tiene nuestro pueblo la hermosura,
la gracia, la bondad y la nobleza
de una tierra hospitalaria y pura.
Y tiene de verdad tanta grandeza,
que puesta su mirada en la cultura;
Castilla quiere ser y España entera.
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